Cómplices

Domingo, 27 de noviembre de 2011

Las eternas inquietudes humanas, ya sean verdades o mentiras, certezas o dudas, esperanzas o miedos, ilusiones o pesadillas, alegrías o tristezas, paraísos o infiernos, siempre han sido el verdadero asunto de la poesía (y de la literatura), o al menos así lo entiendo, y seguirán siéndolo, o así lo creo, por más que se pretenda ser original. Y si uno escribiera el catálogo de esos temas, éste no ocuparía mucho espacio. Y lo más probable es que aún se pudiera reducir más.
La contemporaneidad sólo es su aspecto exterior, el traje mudable y bastante efímero (aunque la posteridad siempre toma para sí algunos de sus hallazgos) con el que se presentan. Debajo de las pieles burdas con las que se protegían de las inclemencias los hombres y mujeres prehistóricos, estaban ellos, seres humanos tan similares a nosotros, como similar es este cielo congelado y azul que ahora contemplo respecto del que ellos pudieron contemplar en una mañana escarchada de otoño, quizá idéntica a ésta.
¿En qué me diferencio respecto de un varón prehistórico que, al sentir las primeras luces del día, se desperezaba dispuesto para la caza o la recolección? Aparentemente en casi todo y, sin embargo, a poco que se piense, lo que nos separa es menos de lo que parece.
El vestido con el que hoy me presento pasará de moda. En un tiempo determinado –bastante más breve que antaño- parecerá anticuado a otros ojos que no se interesarán por mi aspecto, sino por mi contenido. Suponiendo que algo de lo mío interese a alguien, hoy o mañana.
A veces sucede que la apariencia opila, distorsiona o equivoca la visión de la esencia. Se convierte en un frondoso bosque, inextricable para quien mira.
También ocurre que, en ocasiones, se confunde ser original con ser nuevo. La novedad, en principio, puede deslumbrar, pero, habitualmente, tiene el sello de la fugacidad bien impreso en su propio ser. Pocas novedades perduran y las que lo consiguen, se convierten en clásicos, por ello permanecen. La mayoría son como las hojas caducas que con el otoño quedan trituradas en un humus fangoso y nutricio.
En este sentido, circula una máxima en el mundo de la literatura (en el del arte en general) que sostiene que algo no sirve si ya ha habido alguien que lo ha dicho mejor. A veces pienso que debe ser verdad, que mejor no perder el tiempo en este tipo de novedades, que mejor volver siempre la mirada hacia quienes ya dijeron lo mismo y lo hicieron mejor... Pero en otras ocasiones, siento que no es verdad del todo, que hay algo de falacia en tal argumento. ¿He de dejar de amar porque otros antes que yo ya lo hicieran y, por supuesto, lo hicieran mucho mejor que yo mismo? Otra cosa bien distinta es que yo sea ejemplo para nadie más, o que nadie más vaya a tenerme en cuenta.
Si yo tengo la imperiosa necesidad, porque me arde entre los dedos ese llanto, de gritar mi dolor, lo haré. Y lo haré del modo que mejor sepa o pueda o se me ocurra. Y nada ni nadie debería impedirme alzar ese grito, aunque sea un grito más torpe -y por tanto prescindible- que otros gritos pasados o presentes. Pero será mi grito, el que necesito alzar con todas sus torpezas. ¿Porque Jorge Manrique escribiera la elegía que escribió a la muerte de su padre, he callarme? ¿Porque Miguel Hernández escribió la suya en memoria de Ramón Sijé, dejaré de hacer lo propio si tengo la desgracia de que una cuchillada similar me atraviese el corazón? 
Otra cosa bien distinta será -y quizá aquí radique la confusión-, que yo no sea lo suficientemente humilde -es decir, sincero y exigente en el juicio- para reconocer que mi modo de gritar, no es más que una explosión de mi ánimo que a nadie más le puede servir o ayudar o iluminar o interesar. Es decir, una lágrima necesaria para mí, pero prescindible para el mundo.
Me parece que ser original, tiene más que ver con los orígenes, con las esencias, con la autenticidad. Quizá, ser original consista en buscar lo auténtico y decirlo a la manera de cada quien, sin pretender ser novedoso –aunque lo sea-, sino sincero. Ser original, si es que consiste en sinceridad y autenticidad, es un viaje, una expedición interminable y a veces lenta y tortuosa a veces. Una expedición que, probablemente, durará toda la existencia puesto que su objetivo es llegar al núcleo indivisible del propio ser. 
En mi opinión, tan subjetiva como mis gustos (por ello igual de prescindible), ser novedoso sólo sirve a quien pretenda deslumbrar o quien pretenda seguir vivo después de muerto. Ya sé que me repito, pero me importa poco, porque, en realidad, pretendo grabármelo a fuego en el corazón, y, quizá, si lo escribo muchas veces, lo consiga y sólo haga caso a esta consigna, para que nada me aparte del sendero.
Ser original, por tanto, y siguiendo mi argumento –que sólo pretende ser mi andarivel, el de nadie más, pues no pretendo que nadie me tome en cuenta-, no es muy distinto de ser sincero con uno mismo y vestirse con los ropajes que le permitan ser auténtico.