Cómplices

Viernes, 8 de abril de 2011

Es lo mismo y es bien distinto. Todo a la vez. Se trata de una sensación que, en cierto sentido, me produce muchísimo más placer. Pero a ver cómo me explico a mí mismo el sentido de los latidos de este corazón, sin que se me malinterprete.
Francisco Concepción nos ha enviado la fotografía de la criatura. En sus manos, como brotando de las hojas exuberantes surge la novela, Oscurece en Edimburgo. Fondo negro, letras blancas, una ventana abierta a los tejados de la ciudad donde empieza a oscurecer, la cabeza de un micrófono en el lado derecho, unas piernas femeninas desnudas, cruzadas, calzado el pie izquierdo con una sandalia roja de fino tacón y el pie derecho descalzo, avisando sutilmente al lector de la deformidad de esa parte del cuerpo.
Hace unas semanas apenas, sostuve por vez primera Versos como carne y la sensación fue también de una tremenda emoción, una ilusión que es comparable con pocas cosas. Sólo quienes han publicado un libro pueden relatarlo, si es que se puede. Era mi quinto libro publicado y aunque las sensaciones con cada uno de ellos han sido diferentes, en todas predomina esa ilusión, esa satisfacción de haber cubierto una etapa que te ha subyugado durante muchos meses o años.
Pero con Oscurece en Edimburgo percibo en mi interior diferentes sentires. Algo nuevo. Una ilusión y un compromiso diferentes. Quizá se trate de que hemos conseguido, al fin –y gracias al empeño de Francisco que ha puesto muchas cosas en este libro, y no es el dinero lo menos importante-, edificar la primera novela escrita por siete escritores que se ha ido escribiendo sin tener nada prefigurado de antemano, salvo el orden de escritura. Una novela que ha ido creciendo, además, a la vista y con la colaboración de nuestros lectores. Como me sucedió con Humanidad perdida y con Versos como carne, el formato en papel de la novela, ya había visto la luz previamente. En este caso en un blog especifico, nada menos.
Sí, esto que acabo de anotar es verdad y pesa, mejor dicho, aligera el ánimo, el buen ánimo, haciendo que se eleve.
Pero si soy sincero con mis sentimientos, tampoco es esto lo más importante.
Con mis otros libros era yo solo el autor, el responsable. Pero Oscurece en Edimburgo no sólo soy yo quien está en esta aventura. Hay otras seis maravillosísimas personas que comparten autoría. Sin ellas esta novela no habría existido. Quiero decir que quizá sin mi concurso la novela no sería muy diferente de lo que es, pero sin ellas, yo solo no habría sido capaz de llevarla a buen puerto. Y eso me emociona y me obliga, ambas cosas.
No, no olvido Humanidad perdida, Aquel sábado lluvioso, Cuentos de Euritmia, En busca del día y su horizonte ni Versos como carne. Como tampoco olvido los títulos de los otros libros que no verán la luz como libros, aunque ya puedo decir que he hecho públicas Mañana amanecerá y Fin de trayecto. Pero para mí, Oscurece en Edimburgo tiene tatuada en su piel el sello de la amistad, del compromiso colectivo, de una entrega desinteresada y a conciencia, de una ilusión desbordante y casi alocada, esa ilusión que se genera con las iniciativas novedosas, que abren caminos para que otros intenten también transitarlos, como parece que empieza a suceder.
Y también está la responsabilidad de que esta criatura que aún no se ha puesto a rodar por su cuenta, encuentre su ubicación en este mundo tan complejo y tan duro de los libros, de las estanterías. Un amigo mío arriesga su dinero, y ante eso sólo me queda ponerme el mono de faena y bregar para conseguir aportar algún granito de arena a la causa común.
Esta sensación, en fin, la de formar parte de un proyecto colectivo –que también rompe unas cuantos clichés sobre el modo de trabajar de los escritores-, es la que más me alegra y me ilusiona de todas. Quizá también porque se diluyan en algo las responsabilidades, no digo yo que no, pero sobre todo, porque hay otros seis corazones que, a estas horas, laten ilusionados con esta situación…
Espero que en unas semanas o meses, pueda seguir dejando pinceladas en este diario y en otros lugares, sobre el crecimiento de la criatura, pero si, por lo que fuera, tantas expectativas se truncaran, todo lo que se ha trabajado y se ha apostado en esta aventura nadie nos lo podrá quitar.
Podría suceder que, incluso, algunos se auto condecoren con la medalla de haber sido los primeros. Ellos sabrán que no es verdad. O al menos, nosotros sabremos que no es verdad… Y quizá unos cuantos centenares de lectores, también lo puedan testimoniar.