Cómplices

Domingo, 17 de julio de 2011

Podría pensarse en marzo, por ejemplo. Si uno se despertara tras un largo sueño y contemplara la mañana que contemplo, podría figurarse que aún estamos en marzo, quizá acariciando los inicios de una primavera esquiva, o una primavera con intenciones negociadoras o aglutinantes, una primavera que quisiera emparejarse con el robusto pecho del invierno.
No es que haga frío. Eso tampoco. Mentiría si lo afirmara con esa rotundidad, pero saber que hemos atravesado los idus de julio y sentir cómo cae la lluvia fina, cómo los dedos de los pies de las nubes corretean sobre el cimborrio de la catedral, cómo los árboles bailan abrazados a la brisa, cómo el sol debe estar aún desperezándose bajo esta manta de lana gris, no es lo más habitual.
Cuando escribí Cuentos de Euritmia, me planteé algo un poco extraño, acaso por ser original, acaso por huir de ciertos tópicos, porque en algunas ocasiones lo que se sale fuera de lo habitual genera una especie de chispazo, similar a lo que sucede con el contacto eléctrico del motor de un coche, que permite echar a andar la rueca de la imaginación. Y uno de los elementos que podrían servirme como esa descarga necesaria era introducir alguna novedad respecto de la meteorología que uno podría encontrarse.
Así, pensé para el relato del mes de julio una jornada tan similar a la de hoy, que hace unos instantes se me ha venido a la imaginación ese Sábanas de hilo. Y he pensado que tampoco es tan extraño (por mucho que hoy sea el tema de las conversaciones) estas derivas de los días. Hoy hablaremos de lo raro que está el tiempo, de cómo las cosas ya no son como antes, afirmaremos con la rotundidad de un experto meteorólogo que el cambio climático no es algo relativo al futuro, sino que ya es presente muy actual…, incluso los más agoreros podrían anunciar la inminente proximidad de un castigo divino, al estilo de las viejas plagas egipcias, puesto que este mundo anda manga por hombro, y los humanos no hacemos más que ocupar un lugar que sólo a esa divinidad tan enfadada le corresponde… Y sin embargo no es así, quiero decir que jornadas como las de hoy no debieran ser tanta sorpresa para nuestra memoria. Días como hoy, incluso más cercanos al otoño, hemos tenido de siempre en este mes de julio, al menos por estas latitudes y latitudes más septentrionales. Si ahora las convocara, aparecerían en mi recuerdo, escenas vividas en semejantes situaciones no una ni dos veces, sino muchas. Decenas acaso… No, no quiero decir ahora que sean habituales, ni menos aún deseables (tiendo a creer que lo mejor para todos y para todo es que en cada época haga lo que tiene que hacer), lo que quiero decir simplemente es que no son una novedad ni un preludio de nada. Y si escribí Sábanas de hilo situando aquel monólogo (nada humorístico, por cierto) en un día oscuro, nuboso, fresco, lluvioso, áspero, casi molesto del mes de julio, no se debería sólo a un arranque genial de mi imaginación, sino que más bien el recuerdo –ese aliado menos glamoroso, pero más eficaz que la propia imaginación para eso que se llama creatividad- me presentó para mi estudio ese dossier de estampas del pasado: los días infantiles en la piscina municipal, aprendiendo a nadar entre tiritonas, esos días en el piso donde teníamos el estudio en que escribir con un jersey puesto en pleno verano no era extraño, aquel mes de Vizcaya en el que el sol decidió marchar de vacaciones vaya usted a saber dónde, las jornadas entorno al chupinazo de San Fermín en que el aire del norte barría las terrazas de la ciudad y convertía en cristal transparente la atmósfera, esas tardes de lectura sosegada acompañado por el ruido no tan monótono de la lluvia sobre los balcones, esos paseos del atardecer y de la noche con la famosa rebeca bajo el brazo (‘por si refresca’ en típico dicho segoviano…).
Quizá sea esto también la labor de la escritura, rescatar de las vivencias aquello que es excepcional en el devenir de los días. Así como en el relato de agosto de ese mismo libro (Tonino, el Gestos), acudí a lo contrario, al mayor de los tópicos que se pueda tener de un mes de agosto con vocación de horno crematorio, en julio busqué ese contraste, que actuó como un aldabonazo en la memoria un tanto torturada de Cruz, una conciencia que –a pesar de los años- no podía liberarse del peso de ciertas acciones pasadas.
Y esto mismo me está sucediendo ahora mismo a mí.
Un recuerdo me lleva a otro, y mi memoria parece una ardilla hambrienta que va de rama en rama buscando el fruto que le alimente, sin demorarse mucho en uno u otro…
Hace ya unos ocho años, quizá nueve, que escribí esos relatos que se publicaron hace siete… Entonces no sabía yo de las posibilidades de Internet, ni siquiera sé si ya existían las herramientas y redes que hoy existen; y también desconocía esa capacidad que tienen de atraparle a uno a poco que se descuide, a poco que encuentre una utilidad para sus propios afanes.
Y algunas veces me planteo que son trampas en las que caemos, pero en otras ocasiones tiendo a pensar que uno no puede negarse a vivir en la época en la que le corresponde, aunque para vivir en una época determinada no sea menester estar siempre en la vanguardia de las herramientas que se usan en cada momento. Algunas veces, demasiadas, tendemos a ver las costumbres o el modo de trabajo de quienes nos precedieron como mejores que los nuestros, porque los tomamos como algo antiguo, por tanto venerable y no contaminado por nuestras veleidades contemporáneas. Y, sin embargo, se nos olvida o desconocemos o nadie nos ha explicado que, acaso, su modo de trabajar, en su momento, quizá fue también algo moderno, innovador e incluso rupturista. Quizá los cambios no se produjeran al mismo ritmo que hoy se producen, cuando parece que pronto mediremos nuestra aceleración en las mismas proporciones que la velocidad de la luz, pero uno se imagina a un novelista tecleando su pesada máquina de escribir y le suena a vetustez de museo, cuando ese mismo ametrallamiento de las teclas sobre el rodillo donde iba girando el folio o la cuartilla, le parecería cosa del diablo al viejo escritor tan acostumbrado a emborronarse los dedos con el sudor oscuro de la tinta de su estilográfica, lo que al mismo tiempo sería, quizá, un sacrilegio, para quienes si escribían por la noche tenían que utilizar candiles de luz trémula, como el mismo Cervantes o Lope o Quevedo, por no hablar de que tendrían que afilar la punta de su péñola y sumergirla de tanto en tanto sobre ese tintero y por no referir tampoco el precio de las resmas de papel sobre las que su caligrafía, tantas veces inestable y ardua, compondría esas obras que hoy admiramos desde el más profundo de los desconocimientos. (Porque en general alabamos de oído, salvo los expertos y verdaderos lectores –Dios les bendiga- que sí conocen los verdaderos contenidos de esos textos que todos citamos y casi nadie ha leído). Y que conste que no he entrado en el resbaladizo tema de la propiedad intelectual y los diferentes modos de gestión de los derechos de autor. Hacerlo, pensando en los réditos que le pudo dar al monedero de Cervantes su Quijote, a pesar de su rotundo éxito, me parece una veleidad, cuando no una blasfemia.
Claro que es posible escribir sin asomarse a ese paisaje cambiante de las nuevas tecnologías. Al fin y al cabo no son más que herramientas útiles para el conocimiento y para compartir la propia obra, cuando no mecanismos para darse a conocer, en un mundo de tanto fragor y en el que el trabajo cada vez es más efímero y deja menor huella.
Algunas veces, en este sentido, me gusta hacerme una pregunta, que no deja de ser, por otra parte, estúpida. O mejor que una pregunta, un juego. Traigo a un escritor a esta época concreta de la historia o a otra, en todo caso posterior a la suya, y lo sitúo con las herramientas que entonces había. Estoy convencido, por ejemplo, que Lope de Vega sería un magnífico guionista con prurito de director de cine, aunque lo más probable es que esto lo hiciera mejor Calderón. Estoy seguro de que Cervantes llevaría blog, no me cabe ninguna duda al respecto, como Galdós; pero, sin embargo, no me los imagino en Twitter, aunque quizá sí en Facebook, sin embargo poco activos, a diferencia de Quevedo o Boscán o Gómez de la Serna que serían grandísimos tuiteros, quizá de los que más seguidores tendrían. Claro que en el caso de Quevedo, tampoco me le puedo imaginar sin colaborar en un suplemento semanal de un periódico de tirada nacional con repercusión incluso internacional. Azorín es probable que llevase un blog de viajes con un apartado fotográfico excelso. JRJ y Machado tendrían un blog muy austero, sólo con textos poéticos y quizá dirigieran una revista de crítica literaria; a lo mejor el viejo profesor sería organizador de algún encuentro internacional de poetas... Y, por fin, Federico García Lorca sería un experto en espectáculos donde la interactividad de la imagen, la música, el texto y las nuevas tecnologías lo harían insaciable de nuevos modos de expresarse, y sus poemas visuales –modo de expresarse al que habría llegado sin ningún tipo de dudas- serían de los más reproducidos en todo el mundo…
Ya sé que son propuestas absurdas, pero a poco que se piense, y aunque las conclusiones no sean las mismas (tal cosa es lo de menos para lo que intento explicar), se llegará a un resumen parecido. Los artistas en general, y los escritores en particular, nunca han sido esclavos de la herramienta. Han usado aquella con la que más cómodos se han sentido a la hora de trabajar, aquella que les permitía más eficacia en su laboreo. Cuando han llegado a ella, o cuando las nuevas tecnologías eran más un lastre que un motor, se han instalado allí sin ocuparse de otras cuestiones, porque bien saben ellos que lo importante no es ni el papel, ni la estilográfica ni el color de la tinta con la que se escriba, sino el pensamiento que ha sido atrapado y situado sobre la superficie rugosa de un papel verjurado o sobre la inasible superficie de una pantalla de ordenador. Ellos saben que lo importante es lo que se escriba y que esto pueda llegar a sus lectores. Y los lectores antes estaban en unos sitios, ahora pueden estar en cualquier parte.