Cómplices

Lunes, 25 de julio de 2011

El silencio se muere como un gorrión hambriento, estrujado en las guerras sin cuartel de las prisas monótonas, de esa rutina ansiosa que anestesia nuestras capacidades auditivas tornándolas opacas o insensibles. Y a veces ni escuchamos el rumor de los dedos del viento sobre la superficie de las hojas o no nos damos cuenta del murmullo cantarín de una fuente diminuta que afana su tarea junto a la carretera. No es posible cumplir con el deseo del poeta de oír el crecimiento de la hierba, ni siquiera sentimos el latido del corazón de quienes nos rodean. Sólo estamos dispuestos para el grito, para las evidencias, o para quienes den más puñetazos encima de las mesas. Y a medida que muera ese silencio, un poco más del ser humano muere y nos pareceremos más y más a los grandes rebaños de animales.
Cuando digo silencio, no me estoy refiriendo a la total ausencia de sonidos. Al contrario, deseo que se escuchen cada una de las notas del planeta, ese arpegio constante de la vida, incluso en sus más ínfimos acordes, porque cuanto más lejos me sitúo de su latir más íntimo y sincero, está más en peligro mi existencia, incluso se va al traste toda mi libertad de pensamiento.