Cómplices

Domingo, 29 de enero de 2011


No puedo entrar en disquisiciones técnicas sobre la película The Artist, pues sería meterme donde nunca me han llamado. Entrar en análisis formales sobre su estructura y los guiños cómplices con los que desde el principio se mete al público en el bolsillo, con recursos antiguos, pero eficaces y necesarios (algunos de ellos tomados de la mejor literatura universal), tampoco sería conveniente. En general podría decir que el director y guionista de la misma, Michel Hazanavicius, hizo una apuesta arriesgada, pero con números ganadores, al menos para un determinado espectro del público… Ése en el que me incluyo, ése que está siendo echado de las salas de cine, porque el negocio –como el espectáculo- debe continuar y en el binomio que forma la expresión industria del cine, gana la primera parte.
Decir que hemos ido a ver la película a ciegas, sería mentir, pues algo sabíamos de ella. Decir que hemos ido desconociendo la práctica unanimidad de la crítica en su valoración positiva, sin saber que el film ha ganado dos globos de oro sobre seis nominaciones, sin haber tenido noticia de sus diez nominaciones a los Óscar, sería una completa patraña. Más aún, decir que he ido al cine por propia iniciativa, sería más incierto todavía que lo anterior. He ido al cine porque lo ha propuesto Marián.
Y se lo agradezco.
Mucho, además.
He llegado a casa con una sonrisa prendida en mitad del corazón, lo que ya es mucho decir.
No es éste, un lugar para hablar del argumento de la película nada complicado o novedoso, por otra parte… Es una película clásica en todos sus apartados, salvo en la osadía. La osadía que ha tenido el guionista y director para ofrecernos una película muda rodada en blanco y negro (con una banda sonora fantástica), en esta época en las películas en 3D comienzan a ser práctica abundosa.
Y sin embargo, creo que esta circunstancia no es ajena a la génesis de la propia cinta. Quiero decir que Hazanavicius nos envía una reflexión sobre la esencia del cine, envuelta en una historia con algunos recovecos más de los que las primeras reseñas han apuntado.
A primera vista, podría ser un ataque directo y a la línea de flotación de ese cine en que sólo se premian los efectos especiales (tanto sonoros como visuales), en que la informática, en muchos casos, viene a suplir el trabajo de actores y actrices, en que se simplifican las historias hasta hacerlas insufriblemente previsibles y conocidas, sin que parezca ello importarle a nadie, pues lo único que importa es mantener la tensión o la admiración del espectador… Y digo que a primera vista arremete contra este cine contemporáneo, porque lo hace, y sin embargo, también puede suceder lo contrario. Es decir, que se trate de una puerta abriéndose a los avances tecnológicos, siempre y cuando no sean estos el pivote sobre el que giran las historias.
Quedarse en la trama de The Artist es insuficiente, me parece. Creo que más allá de la historia que se nos cuenta (con todos los ingredientes propios del cine clásico, incluso del cine primitivo), la intención de esta película es otra. Y más allá de ser un ataque al cine basado en lo meramente tecnológico –como ha afirmado buena parte de la crítica-, lo que hace es levantar un estandarte reivindicando la esencia del cine, con independencia de los medios técnicos usados. El buen cine será buen cine ya se haga en 3D o se haga una película muda rodada en blanco y negro. El protagonista (cuya interpretación es algo más impecable) representa a ese artista en la cumbre, en la gloria, en el apogeo de la fama y de la riqueza, que desprecia la llegada del cine sonoro, porque eso no es verdadero cine, eso no es arte. En esa parte de la película el productor, mucho más lince para los negocios, le dice (eso leemos en los subtítulos): “el público pide carne fresca, el público nunca se equivoca”.
Y probablemente ahí esté el quid de la cuestión.
En cierto sentido esta película se puede entender como metafórica respecto de muchas manifestaciones artísticas que se debaten en la reflexión sobre la procedencia o no del uso de las nuevas tecnologías para mantenerse. O dicho de otro modo: ¿El uso de las nuevas tecnologías es pernicioso, incluso destructivo, para esas manifestaciones artísticas?
Uno tenía claro que el soporte y los materiales usados para la expresión, no son el arte, sino un vehículo mediante el que se transmite. Importa menos, por ejemplo, si El Quijote es leído en pergamino o en e-book, que leer lo que escribió Cervantes cuando lo hizo con su péñola. Que yo prefiera el libro tradicional al e-book, no es más que una señal de que los años van cayendo, o una demostración de que el ser humano es un animal de costumbres, o que cierto romanticismo me impide romper con el pasado. Sentir el tacto del papel cuando paso las hojas, olerlo, poderlo subrayar o anotar…, etcétera, etcétera, no es más que algo adyacente a lo trascendental: la lectura, esa conexión mágica que se produce entre autor y lector, más allá de la historia y de la geografía.
Muchas veces el orgullo del artista le hace luchar contra los elementos, enfrentarse contra un huracán que viene desbocado, que ya está aquí. Y por no adaptarse a los nuevos tiempos (acaso en menor proporción de lo que parece a primera vista y con menos esfuerzo), convierte su vida en un infierno.
Más aún, conocer lo antiguo y lo moderno puede resultar adecuado para saber en qué medida o en qué casos conviene usar uno u otro, en función de lo que sea mejor para la propia expresión artística.