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Lunes, 31 de diciembre de 2012


Si nuestras vidas son cauces de agua que conducen a otro cauce donde desapareceremos, si nuestro respirar dejará de preocuparnos algún día, si tanto afán que ahora nos agota y nos ilusiona, o nos agota y nos entristece será objeto del olvido, si nuestros sueños acabarán con nuestro postrer parpadeo… ¿Por qué, entonces, dilapidar el tiempo y el anhelo en aquello que nos duele o desconsuela? ¿Por qué no vivir los instantes que nos son dados buscando amaneceres, en vez de habitar en lo más oscuro de la noche? ¿Por qué el inútil afán en lo que divide, separa, enfrenta, hiere y mata, si la vida siempre acaba con un homicidio sin condena?
Ha amanecido gris, ha amanecido frío, ha amanecido un treinta y uno de diciembre. Sin embargo, la luz —que nunca es infiel a sí misma ni a su cita— todo lo almidona con su gesto y sus dedos. A la luz no le importa la mañana grisácea, a la luz le importa cumplir con su tarea.
Ahora mismo, casi sobre la esquina derecha de este ventanal, me distrae la visión de un globo que se camufla entre alguna nubecilla. Un globo de colores vivos y felices, distribuidos en bandas verticales. Supongo que sobre su cesta viajarán turistas que han decidido acabar el año contemplando la belleza de esta ciudad desde una altura inusual.
Quizá fuera menester ese tipo de mirada sobre nuestra vida, sobre nuestras vidas. Quizá con tal perspectiva se difuminen las grietas, las goteras, los desconchones, las cicatrices, las arrugas, las manchas, los baches. Quizá con tal perspectiva resalte más lo que de bello, bueno, bondadoso, noble y agradable atesoran la silueta de cuantos caminan a nuestra vera… incluso nuestra propia silueta.

A LOS LECTORES DE ESTE BLOG OS DESEO 
UN FELICÍSIMO 2013

Domingo, 30 de diciembre de 2012


Andaba deambulando por estas hojas volanderas. No en su espejo internáutico, sino en el regazo de su documento de Word, revisando por encima textos de meses anteriores, más que nada por comparar mi semblante de hoy con el de hace doce meses.
Ya sé que los días continúan, que los cambios de calendarios son arbitrariedades puramente humanas; pero también sé que sin esas arbitrariedades el género humano no podría funcionar, o no sería género humano. Porque tenemos memoria —y de algún modo su sustancia nos forma—, necesitamos de hitos que sean sus asideros, tanto para la memoria personal, como para la colectiva. Porque somos gregarios —más allá de la extensión o cantidad de los miembros de la tribu—, necesitamos de hitos que podamos compartir, hitos que, supuestamente, son el lazo que nos va cohesionando al resto de miembros del clan, incluso de la tribu.
[—Cuidas mucho las palabras, Amando.
—No. Es más sencillo. Escribir patria, nación, país, región o comunidad autónoma es escribir sobre algo que confunde e irrita y entristece y divide. Otra de los regalos que debemos a parte de la casta política.]
Y volver la vista atrás, aunque sea sin detalle, aunque sólo sea alufrar u otear sin mucho entretenimiento o detalle, me hace comprender la dureza del año que se acaba, me hace sentir lo acerbo de sus aristas cortadas a lo vivo. Y lo peor es que uno sabe que, a la postre, el tránsito de año no supone nada más que el paso de una página, ya que la realidad no entiende de cruzar determinados puntos de nuestro viaje alrededor del sol. O si entiende, le da lo mismo.
Y mucho más allá de la insondable maldad humana que organiza, acrece y mantiene guerras que asesinan con la misma facilidad con la que los agricultores siegan espigas; mucho más allá del abisal egoísmo que permite desde siempre que otros congéneres mueran de hambre y de enfermedades que a nosotros hace siglos que nos dejaron de preocupar; mucho más allá de la dejadez que permite que los que menos tienen no puedan sobrevivir a los desastres naturales, mientras que otros salen indemnes de ellos; mucho más allá del abuso que los poderosos (tanto quienes ocupan el poder visible de modo más o menos lícito, como quienes ocupan el poder invisible casi siempre de modo más bien ilícito) ejercen sobre los más débiles; más allá de la estupidez malévola de quienes dicen ser los timoneles de una pequeña barca que aún se llama España; más allá de las peleas absurdas e interminables que dividen a las familias por los lindes de una tierra, o la propiedad de una casa; más allá de la estulticia de algunos cuyo único afán es ser el mejor en lo que sea, por ejemplo en solucionar solitarios, aunque para ello tenga que llevarse por delante a colegas, ética o instituciones; más allá de cualquier cosa, lo peor de este año, es que han mandado a la esperanza nuestra de cada día —el verdadero pan del espíritu— a la UVI con un pronóstico nada bueno.
No quiero decir, ni mucho menos, que la hayan matado —hay quien lo sostiene—; pero quizá no lo diga porque, en el fondo, soy como esa pobre mujer que está viendo el coma del marido y ha sido informada por los médicos de lo irremediable de la situación, y sin embargo ella —quizá sólo por el terror que le causa el abismo—, aún confía en un milagro.
Si yo fuera gobernante —por suerte para esta casa, esta calle, este barrio, esta ciudad, esta provincia, esta región y este país, nunca lo seré— y mi tarea hubiera consistido fundamentalmente en ir asesinando las esperanzas de los ciudadanos en cuyo nombre y con su mandato estoy gestionando eso que se llamaba bien común, a costa de mantener las prebendas de los más poderosos (los de aquí y los de allí) y aumentar la nómina de los desfavorecidos, primero, se me caería la cara de vergüenza y, segundo, hace rato habría dimitido y me hubiera recluido en algún monasterio cisterciense o tibetano.

Sábado, 29 de diciembre de 2012


Es curioso esto del cuerpo humano, o del mío al menos.
Anoche a las doce, me retiré baldado por el sueño. Hubo un tuit de JSM que comentaba mi entrada anterior, al que ya no fui capaz de responder como se merecía. Decía él, en referencia al verso de Antonio Colinas con el que se cerraba mi nota de ayer: “Buen verso, sí señor. Ahí está la clave, aunque haga frío en el bosque”. Y apenas fui capaz de darle la razón de un modo tan lacónico que hasta a mí mismo me sorprendió. Pero es que los párpados, literalmente, habían entrado en huelga salvaje, sin previo aviso. La autoridad competente debería intervenir y arrestarlos o, al menos, abrirles un expediente con propuesta de sanción ejemplarizante: suspensión de empleo y sueldo.
Se negaron en redondo (o en vertical, siendo precisos) por más tiempo a cumplir su misión. Reclamaban a voces ir al taller para que les repusieran el mecanismo que les mantiene izados el resto de la jornada.
Entonces, Amando, lo mismo no es que se declararan en huelga salvaje, sino que sufrieron alguna avería o falta de combustible. Aunque no te lo creas esas cosas suceden. No todo es voluntario, ni depende de una decisión más o menos meditada…
Y no tolero que pienses de mí que soy un mal abogado de causas imposibles. Déjalo y estar y no abras expedientes reguladores de empleo que ya sabes como están las cosas…
Sin embargo, a las cinco y cuarto de la madrugada, estaba despierto. Y aunque me he mantenido en la cama, más que nada porque me daba vergüenza levantarme a esas horas, ha sido un tiempo que ha propiciado más el aturullamiento que el descanso. Esa sensación de pesadez que se produce durante el duermevela en que a ratos —más de los que parece, según me han confirmado los neurólogos— dormimos y a ratos estamos despiertos.
Y sí, JSM volvía a tener razón, o eso quiero creer, o esas conclusiones voy llegando en estos días.
Y más razón tenía en lo de la temperatura del bosque.
Como le he escrito esta mañana a una amiga, no hace frío porque estemos en diciembre ni porque los termómetros se sumerjan bajo la superficie del cero ni porque la humedad del terreno se adense hasta hacerse niebla, con vocación de ejército invasor… Hace frío porque los encargados del bosque han podado la ilusión, que es la hermana pequeña de la esperanza, y es la que se encarga de mantener la temperatura de los corazones de los árboles…
Sí, hace mucho frío. Incluso es probable que yo tenga mucho frío. Pero hay que hacer lo que corresponde: sentarse y respirar…

Viernes, 28 de diciembre de 2012


Una conversación sobre poesía, normalmente breve, se puede producir en cualquier parte. Esta tarde ha sido en el estanco.
Llevo una temporada en que hay un racimo de palabras que se me presentan de un modo u otro. Cuando algo se repite con tanta insistencia, está claro que algún tipo de señal o advertencia marca, al menos, la dirección que deben tomar los pasos.
Me refiero a silencio, contemplación, vaciamiento, desprendimiento…
El estanquero tiene una sensibilidad especial para el arte. No es extraño, por ejemplo, verle repasar alguna partitura que será interpretada en el próximo concierto en que participará la coral de la que forma parte. Tampoco es raro verle con algún libro sobre el mostrador.
Para que llegue el poema, sostenía, tiene que haber un proceso de vaciamiento. Hay que inspirar primero, luego espirar —que no expirar— y vaciarse de uno mismo para que llegue lo que tiene que llegar.
Y he asentido en silencio, claro.
De nuevo el verso de Colinas —como en los último meses— tañendo en mi conciencia: “Me he sentado en el centro del bosque a respirar”.

Jueves, 27 de diciembre de 2012


¿El esfuerzo que supone provocar una sonrisa puede pesarse? ¿Puede tasarse su valor? ¿Merece la pena ahorrar de algo propio (y no hablo de algo material), si regalándolo se consigue que aflore esa lámpara del rostro?
Siempre he pensado que no. Aunque no siempre lo he conseguido. Pero sabiendo como sé que los senderos de esta vida a menudo desembocan o sortean precipicios hondos y provocan cicatrices que ninguna cirugía estética remedia, procuro con todas mis fuerzas —aunque no sean muchas— lograr que alguien encuentre el interruptor para iluminar su rostro.
Apenas a un centenar de metros de esta ventana, alguien se asoma al sufrimiento con la intensidad propia con que la existencia traza a veces esos caminos tan dolorosos. Y uno no puede hacer nada, salvo hacerse presente, aunque sea a cierta distancia, pero por suerte hay teléfonos que acortan el espacio y evitan otros tropezones.
En su vida tan joven demasiadas veces ya ha sentido cerca diferentes representaciones del mismo drama. Y cuando pase el tiempo, se habrá enriquecido por dentro y, porque sabe de dolores y sufrimientos, sabrá de regalar sonrisas sin usar balanzas o metros, por muy de precisión que sea el instrumental que use.

Miércoles, 26 de diciembre de 2012


Entre la multitud uno es invisible o, mejor dicho, es indivisible respecto de la muchedumbre que, por otra parte es suma de individuos cuyos latidos y sueños tienen la misma estructura y mucho más valor que el de uno. En mitad de la masa uno pierde los propios contornos, lo que le individualiza, lo que le diferencia.
Y quizá —a pesar de lo que pudiera pensarse— es el camino para que la propia voz se nutra y se armonice con el resto de las voces, para que en el propio desleírse, como sal o azúcar, se enriquezca la polifonía.
El problema, como casi siempre, tiene que ver con la perspectiva. A veces sería mejor arrancarse los ojos y ponerlos sobre la melodía de otros latidos, o sobre el ritmo de otros pasos. Quizá, así, con nuestra mirada puesta en otros anhelos o en otros llantos y mirando con ellos, dejemos el lamento y entonemos el himno, o quizá una elegía envuelta en sangre.
Pero al final, y todo se resume en esto, conviene mirar fuera, o como diría Colinas, sentarse en el centro del bosque a respirar.

25 de diciembre de 2012.


En el silencio de la casa, acompañado por el silencio de la ciudad que aún se despereza —hoy vestida en marfil y gris—, uno había decidido no escribir nada en este cuaderno inasible.
Había abierto el libro de poemas de Antonio Colinas, en el punto en que lo dejé anoche, cuando los párpados decidieron dimitir de su tarea durante unas horas.
“Llegada del invierno” se titula (casualmente o no) el poema, y pertenece al poemario “Preludios a una noche total”, escrito entre 1967 y 1968.
Arranco la lectura del poema, y me sumerjo en sus versos alejandrinos que invitan a hollar su territorio con calma. Entonces llega un par de versos que me sobrecogen, el octavo y el noveno, y desde ahí en adelante, el poema se pone pie, con dignidad, aunque sin gritos.

Cuando llega el invierno sólo hay nubes ligeras
rosadas por el frío, cuervos en los jardines
y alguna estrella tímida fulge al anochecer
detrás del árbol viejo que carcomió la escarcha.
Pasamos embozados por las últimas calles
para salir al campo y ver la luz más bella
rondar por los mimbrales desnudos, por las tapias
del cementerio en paz. Allí la muerte asciende
por el ciprés y aún veo alguna violeta
sobre las tumbas míseras. Para buscar la calma
aún nos queda la muerte en este atardecer.
Nos perseguía todo el pueblo con sus perros,
con sus esquinas bruscas, con sus campanas lentas.
Bala la oveja, cruje el hielo en el estanque.
Dicen que hoy ha nacido un niño moribundo
y que, en algún lugar, no hay leña, no hay aceite
el corvo candil. Quedo en el campo, poso
la mirada otra vez en el pueblo que humea.
Hace ya unos momentos que la Muerte pasó
como una loba negra a acechar los caminos.
Las nubes rojas cruzan. Estremecido está
el campo y se retuercen de frío las encinas.
Otra noche galopa. Va desde el monte al llano.
Aquí no hay ni una gota de sangre que nos llene
el pecho de vergüenza, ni una lengua que injurie,
ni un corazón que lata de rabia o desconsuelo.
Para buscar la paz aún nos quedan los muertos,
los cipreses, la loma recamada de tumbas.

Y uno de pronto, se da cuenta que cuarenta y cuatro años después que la cosa sigue lo mismo.
O peor, incluso. 

Lunes, 24 de diciembre de 2012


Arranca la mañana decorada por tenue luz grisácea. Las nubes que estos días no han estado con nosotros, vienen a acompañarnos en jornada tan especial. Uno de esos días del año que, sin ser festivo, regala aroma de fiesta de las importantes, de las que nadie olvida.
Siempre ha sido el día de nochebuena un poco extraño para mí. Una mezcla de melancolía y esperanza. Toda la jornada es una sucesión de horas que queremos que pasen lo más rápido posible camino del encuentro familiar ante la cena.
Desde que descubrí la sensación tan especial que es para un castellano de tierra adentro, el día de nochebuena junto al Cantábrico, echo de menos no estar cerca de la playa de San Lorenzo. Pero las circunstancias son las que son y uno no las elige, sino que se adapta a ellas como mejor sabe, como mejor puede, aunque muchos —la mayoría— no terminen de entender, o de estar de acuerdo.
Cada vez conozco a más personas que no lo pasan muy bien en esta jornada. Suele hacer mucho daño el recuerdo de los ausentes, y más si esa ausencia es reciente. Cuando así sucede, la cena se torna en un amasijo de fotografías sepia que conducen al dolor desesperado.
Uno supone que esta reacción, en cierto modo lógica, se acentúa más en estos tiempos en que la muerte se ha convertido en un tabú, acaso el más importante de esta sociedad.
No, no es que antaño las muertes no afectasen a los seres queridos. El dolor que produce la pérdida de un ser amado, o su intensidad, poco tiene que ver con este asunto. Porque si no doliera, sino provocase un desgarro en el alma, entonces no hablaríamos de seres humanos, sino de monstruos a los que convendría acercarse poco, no vayan a despedazarnos. Pero acaso la falta de esperanza sea lo que identifique o cambie la perspectiva. Y esa falta de esperanza es la que añade una pesada carga de impotencia al dolor.
No es un contrasentido hablar de estas cosas precisamente hoy, porque una de las razones de la alegría que representa esta nochebuena es el nacimiento de un niño que vino a traer la esperanza, precisamente eso que tanto falta en estos últimos años a este país.
Tampoco eran tiempos fáciles aquellos. En realidad para los pobres, para los que viven con el día y la noche como cobertores de su existencia, son siempre tiempos difíciles, siempre caminando en peligroso ejercicio de equilibrismo sobre el borde de un precipicio.
Por desgracia la historia nunca se escribe desde el punto de vista de las víctimas, siempre lo hacen las plumas que se afilan para hacerse altavoz tonante de los vencedores, de los opresores. Pero aún así, en algunos textos proféticos de aquella época, se cuelan los gritos y las quejas de quienes padecen la extrema injusticia de un doble poder que los aplasta, los deseos de los pobres de Israel, los anawin bíblicos que, además de soportar la injusticia de sus dirigentes tradicionales a través de un asfixiante poder teocrático cuyo centro es el Templo de Jerusalén, también soportan la opresión de la sandalia romana que con su pragmatismo habitual, prefiere alejarse de discusiones religiosas, siempre y cuando consiga los beneficios económicos y estratégicos que necesita el Imperio. Ambos poderes, a pesar de las reticencias mutuas, pronto encuentran el modo de entenderse y de establecer acuerdos que les permiten coexistir sin perder mucho de lo que tenían, aunque no obtengan todo lo que pretendían. (Siempre ha sido así entre los dirigentes y políticos, siempre será así. El ser humano cambia poco, en el fondo).
Sí, hay esperanza. Su sendero está claramente trazado y no es sencillo. Empieza abajo del todo, donde nadie buscaría a Dios, y allí se esconde, allí late frágil y expuesta a todos los peligros. Sólo depende de cada uno que no se haga añicos, como una vasija del más delicado y hialino de los cristales.

Domingo 23 de diciembre de 2012


¿Puede ser un sintagma nominal la semilla de la que nazca un libro?
Es difícil de saber aún, pero creo que una semilla ha prendido en mi interior. Empiezo a sentir los mismos síntomas de preñez que en otras ocasiones he sentido.
La escritura de uno tiene varios procesos dentro del único proceso. Después de tantos años, ya sé distinguir si una idea viene sola o trae con ella el cargamento adecuado para acabar en libro.
Pero en este caso —como también siempre me ha ocurrido— hay distinciones respecto de otros viajes. Si habitualmente hablo de brújulas que me orientan hacia un lugar al que más o menos parece que debo encaminarme, ahora hay que preparar bien la impedimenta de la singladura. En esta ocasión, por más que mis pies ya sepan que se van a poner en marcha, tienen que plegarse a la voluntad férrea que de momento les ordena quietud, antes de lanzarse a lo que ellos más desean: caminar y caminar y caminar…
No considero mal augurio, sino todo lo contrario, que este sintagma nominal haya llegado a mí, justo ahora cuando las navidades se aposentan entre nosotros, precisamente este año en que no he podido o no he sabido escribir lo que cada año deseo escribir.
*
A pesar de que intento por activa y por pasiva huir de las menciones de los políticos, porque al fin y al cabo son las palabras más efímeras de cuantas se dicen cada día, las palabras de nuestro presidente en Afganistán, han llegado a mí como llega una colleja injusta de un mal profesor a sus alumnos.
Es colleja porque lo que diga este hombre tampoco tiene mayor trascendencia. Otra cosa es lo que decida. Al fin y al cabo aunque sea un títere en manos de otros —como lo son todos los presidentes del mundo—, no tener claro que sus disposiciones pueden suponer cambios en la vida de uno, sería padecer de una ceguera repulsiva, pues no hay peor ciego que quien no quiere ver.
Decir ante nuestras tropas en Afganistán que su tarea es un ejemplo para el resto de los españoles, estaría bien. Pero decir que si el resto de los españoles trabajásemos del mismo modo en que lo hacen ellos, habría menos problemas en España, además de una frivolidad provocada por el deseo de arrancar un aplauso fácil, es un insulto a todos nosotros, una especie de colleja —repito— para quienes cada día nos esforzamos en cumplir con nuestra tarea lo que mejor que podemos, sabemos y nos dejan. Por no hablar de quienes aunque quisieran, no pueden llevarla adelante en muchos casos porque algunas de las decisiones de este hombre —o su equipo— afectan directamente a tales afanes. Si está hablando de que le gustaría que todos los españoles actuásemos como soldados cuya única respuesta posible ante una orden es la de obedecerla, entonces estamos hablando de otra cosa.
Y no me gusta esa cosa de la que hablamos.
Que un presidente de gobierno democrático se ampare en la tarea de los militares, tampoco es una buena señal de nada. Pero acaso mejor no caminaré por estos andurriales, no vaya a ser un territorio minado.
*
La zona lumbar de la espalda sigue siendo el lugar favorito donde se aposentan las palabras, como fardos de piedras que clavan sus bordes puntiagudos.
Cada vez aguanto menos rato sentado ante el teclado del ordenador.
¿Será otra señal?
*
Por lo demás, y para que casi nada altere la sustancia de estas fiestas, el sorteo de la lotería ha transcurrido según lo previsto, como era de esperar.
Por tanto mejor que otros años, porque como jugaba menos, me ha tocado... pagar menos.

Jueves, 20 de diciembre de 2012


Vengo sólo a dejar constancia de que hay palabras que a uno le acompañan, como lo hace la sombra. En pocas ocasiones me doy cuenta de su presencia, pues está tan cosida a los bordes de la piel que parece parte de ella.
En estos días, en estos tiempos, y a pesar de vivir rodeado por vocablos, silencio es palabra que se acurruca junto a mí, como un cachorrillo mimoso que desea caricias y carantoñas.
Mi silencio, no el de los demás, reclama su cuota de presencia en mi interior. Mi silencio ruega el final de la dispersión. Mi silencio me habla de mis propios límites e incapacidades.
No hay queja ni malestar, sólo una profunda necesidad, como una sed interior que necesita ser satisfecha.
Y pronto.
Regresar de la presentación de los poemarios de Luis Javier Moreno ("Figuras de la fábula" lleno de sapiencia socarrona e ironía) y del de David Hernández Sevillano ("Anonimario", extracto de emoción y humanidad) ambos editados por Hiperión —acaso en el último acto celebrado en el Salón de la obra social de Caja Segovia— no es más que la confirmación de lo anterior, lo que vengo repitiendo en los últimos tiempos.
El cobijo del silencio…

Miércoles, 19 de diciembre de 2012


La prensa de hoy, al menos la regional, se hace eco de un informe del grupo de intermediación laboral de Cáritas Burgos, en que se dice que tienen que rechazar la tercera parte de las ofertas laborales que les llegan, porque éstas rozan las condiciones de esclavitud para los trabajadores, bien por soldadas miserables, bien por no respetar los tiempos de descanso de los trabajadores, bien por ambas cosas. Parece ser —o eso he entendido— que semejantes desmanes abundan sobre todo en el sector ganadero y en el del servicio del hogar.
Cáritas no es sospechoso, me parece, de estar próximo a posiciones revolucionarias. 
Me gustaría pensar, y de hecho lo pienso, que la mayoría de los empleadores son personas decentes, que no quieren retornar a esos tiempos oscuros en que algunos seres humanos eran siervos de otros, a cambio de la comida y la cama, poco más.
En estas páginas he escrito en más de una ocasión sobre este asunto. Este informe, por desgracia, viene a darme la razón en esa negra intuición. Pero lo más doloroso es que hay individuos que al ser informados sobre este asunto, miran extrañados porque suponen que la necesidad por la que pasan cada vez más personas les autoriza a prestar un poco de caridad por un trabajo duro y de muchas horas. Es más —y esto es de mi cosecha— estarán convencidas de que su aportación al bienestar de los otros ha de ser ensalzada.
Y si los trabajos no cualificados empiezan a equipararse a las condiciones de esclavismo, los trabajos más especializados y que necesitan de las mentes más privilegiadas, o sea los investigadores, son directamente extirpados de la acción de gobierno. Esto quiere decir que de hecho la investigación en España tiende a la desaparición.
(¿Por qué en algunas cosas emulamos las políticas alemanas y en otras no hacemos lo mismo? Parece que allí —a pesar de la amenaza de posible recesión— el incremento en el presupuesto para investigación será de un seis por ciento en el próximo ejercicio).
Uno se queja de hipermetropía existencial cuando habla de sí mismo y de tantas torpezas como comete a diario, pero creo que nuestro gobierno, no es que sea hipermétrope, sino ciego, o peor aún, rufián, porque ante la escasez de medios económicos, prefiere olvidarse de lo que sólo será tangible en medio o largo plazo. A ellos sólo les interesa lo que pueda ocurrir en las próximas elecciones.
También se legisla descaradamente para que la sanidad pública sea una pesada carga, para que quien tenga empresas dedicadas a la salud pueda enriquecerse, puesto que podrá —al fin— competir con una desmantelada sanidad pública.
El panorama no es halagüeño. Por un lado, algunos buscan esclavos, por otro, se llama gasto en investigación, lo que en realidad es inversión y se extermina, de facto, la tarea de quienes puedan aportar avances en la ciencia y tecnología. Por otro, a este paso, sólo accederán a una sanidad de calidad y de garantías quienes la puedan pagar.
Demasiados cadáveres por el camino. Demasiada semejanza a una selva. ¿Para esto se ha salido de las cavernas?
A esto han conducido la democracia, el menos malo de los posibles sistemas de gobierno hasta la fecha conocidos. Nuestros políticos siguen a lo suyo que no es de nadie más, porque no afrontan los problemas reales de quienes vivimos en este país.
Ellos juegan el peligroso juego del lenguaje críptico (¿alguien es capaz de descifrar las declaraciones del ministro de Economía, por ejemplo?), y al peligroso juego de la casta. Dilapidan día a día la riqueza de esta gran nación, porque empobrecen a sus habitantes, que somos su verdadero capital, no el dinero con el que están salvando su propio pellejo al insuflarlo a los banqueros
Pero si ellos están donde están, es porque entre todos (por acción u omisión —quizá también pérfidamente engañados—) les hemos puesto en ese lugar.
Y sin embargo, y a pesar de este panorama, hasta de las nubes más oscuras se desprende el agua más limpia, como ha escrito un amigo de mi padre en su felicitación navideña recordando un proverbio chino.
Hemos salido de otras. No sé si serían tan duras como ésta. Recuerdo, por ejemplo, las épocas tan difíciles para quienes al inicio y mediados de los ochenta nos asomábamos al umbral de nuestra vida laboral. No es lejano todavía el recuerdo de la emigración de tantos españoles al final de los años cincuenta y los años sesenta del pasado siglo…
Pero a pesar de luchar cada día por no perder la esperanza, conviene estar ojo avizor para que el retroceso no sea de tal magnitud que se torne casi irreversible... Y rezar para que esta nube tan densa, tan negra, tan oscura, al fin riegue de agua limpia esta tierra, que ha sido esquilmada por la avaricia de unos cuantos.

Martes, 18 de diciembre de 2012


Uno sabe cuándo ha escrito mucho, cuando el peso de las palabras cae y rueda hasta la zona lumbar y allí las frases se apelotonan como piedras pesadísimas.
A veces se hace casi insoportable.
Padecer una lumbalgia por haber escrito mucho, debería ser considerado enfermedad profesional.
*
Los problemas no varían, pero cuando se toma una decisión, aunque nada esté resuelto, el camino se ha despejado, al menos en el interior. Es como la liberación de una pesada carga.
Pensé que me iba a sentir peor después de no haber sido capaz de escribir este año un cuento navideño, pero, al final, la conclusión a la que he llegado y la decisión que he tomado no me han dejado muy mal del todo.
A veces lo más difícil es encontrar el final de un ciclo. Uno se acostumbra a la rutina, aunque sea una rutina anual, y acaba repitiéndose.
*
Ayer, al atardecer, me llegó la noticia de otro premio de poesía para otra de mis amigas poetas que se mueven por la Red: María Luisa Mora Alameda se ha llevado el Rafael Morales. No está siendo mal año para ella y mucho que me alegra, porque en ella hay una poeta sincera y auténtica. Alguien, que sobre todo hace caso a su corazón.
Al final es el único camino certero. El único que evita que nos perdamos en el laberinto.

Viernes, 14 de diciembre de 2012.


(421 aniversario de la muerte de Juan de Yepes —San Juan de la Cruz—)
Sigo un poco obsesionado con la historia navideña de este año. Debería haberme rendido ya, pero no lo he hecho. Algo dentro empieza a martillearme la cabeza en cuanto que tengo un minuto sin ocupación. Incluso cuando la tengo, percibo al fondo de mi cerebro palabras, ideas, preguntas. Mientras paseo, mientras leo, cuando me fumo un cigarrillo, mientras me despachan en la tienda, al contemplar los arcos navideños que se columpian en el viento de este día desapacible… Incluso cuando estoy a punto de dormirme me asalta una idea como una liebre traviesa.
Sin embargo, todas las desecho. Ya tengo cuatro documentos con cuatro posibilidades, pero todas cojean, todas adolecen de graves carencias…
Supongo —porque me conozco lo digo— que hasta que no pase el día de Reyes, suponiendo que antes no se haya producido el milagro, no cejaré en el empeño, aunque se trate de un cuento navideño retrasado…
*
Con tanto ajetreo interior, no he podido disfrutar como se merecen los libros que me MJ me envió desde Málaga.
Conozco “Cuaderno del Delirio” de Elvira Daudet. Lo disfruté, releí varias veces en la edición digital que hizo Alacena Roja a cargo de Luisa Navarrete, y hasta me atreví a reseñarlo en Alenarte Revista. Pasado al papel por EdicionesEvohé parece diferente. El contenido es el mismo, mas algo sucede en el proceso que va desde lo digital al papel que lo modifica. El soporte es más decisivo de lo que parece, y eso que uno debería ya estar más que acostumbrado a este formato electrónico. Acaso se trate de algo que únicamente nos sucederá a nuestras generaciones, pues las que nos continúen nacerán acostumbradas a leer sobre un pantalla.
Cuando ojeé “El corazón del lobo”, de Rafael Soler, también editado ahora por EdicionesEvohé, me llevé una sorpresa, pues por alguna razón no esperaba una novela de estas características, un relato tan audaz en su planteamiento formal.
(Una anécdota al hilo de estos dos libros: en muy pocas semanas es el tercer libro que me llega de esta editorial, pues unos días antes me había llegado la novela “Resquicios” de Mariano Zurdo)
Los libros llegados desde Málaga guardaban una sorpresa, como una gollería para el espíritu. Junto con el poemario de Elvira Daudet y la novela de Rafael Soler, venía una antología de la obra poética de José Moreno Villa titulada, simplemente, “Poemas” editada por la Junta de Andalucía con motivo del Día Internacional del Libro y debida a Rafael de Cózar Siervet. José Moreno Villa, desde hace algunos meses —o quizá un año— se asoma de vez en cuando a mis lecturas. Descubrí a este escritor un tanto desconocido (que es lo que suele ocurrir con muchos de los escritores de su generación, ocultos por la fulguración de algunos de los escritores de las generaciones previa y posterior —98 y 27 en su caso— y otros coetáneos) como personaje de la novela de Antonio Muñoz Molina “La noche de los tiempos”. A partir de ese momento, su presencia en artículos, u otros libros —incluso no contemporáneos— es relativamente frecuente. Y ahora, gracias a mi amiga, podré acercarme algo más a la obra de este hombre cuya presencia en la Residencia de Estudiantes es clave y mucho más decisiva de lo que pudiera parecer.
¿Y con tanto por leer, qué pinto yo pretendiendo escribir una sola línea más y más en un día como el de hoy en que se celebra este aniversario? ¿No sería mejor hacer un buen mutis por el foro…?
A veces me lo planteo más en serio de lo que parece, pero otras veces soy consciente de que se trata de una boutade… ¿Cómo puede dejar uno de respirar y pretender seguir viviendo?

Jueves, 13 de diciembre de 2012


De pronto, una mañana de un jueves cualquiera, pongamos que hoy, abro mi correo electrónico, que es la primera tarea matinal, una vez que he llegado a la oficina. Allí, en reposo, aparece uno de los regalos que de vez en cuando algún amigo envía.
Me lo había anunciado la víspera, a los pies del Acueducto, pero no lo esperaba tan pronto. Ni lo esperaba así…
Hace dos años, por estas fechas, Versos como carne estaba preparado para entrar en la imprenta. Mi hermano preparaba con mimo la maquetación de sus páginas. Este poemario —del que supongo podré hablar con algo más de perspectiva dentro de un tiempo— había sido una locura y el fruto de la tarea en Pavesas y cenizas. Sin embargo, una vez corregidos y organizados los poemas —hasta donde supe—, ya era otra cosa. Y como dije y escribí en más de una ocasión, sin tener conciencia, durante más de dos años había estado escribiendo un libro de poesía. Aparentemente eran poemas sueltos, sin ligadura alguna, aunque semejante condición no impide editar un libro. Sin embargo, esa impresión no era cierta y allí había —con independencia de su calidad— dos ejes claros, como los largueros laterales de una vía sobre los que se van apoyando sus travesaños.
Este libro (que no es más que una pavesa —o ni siquiera llega a tanto— entre los libros de poesía editados en 2011), me ha proporcionado muchas alegrías. No fue la menor que en mayo del año pasado el club de lectura del Colegio Claret de Segovia, lo escogiese como libro para ese mes, y me invitaran a la reunión en el que sus miembros comentarían qué conclusiones habían sacado de su lectura.
La mentora del acto fue C. Como siempre, ella está pendiente de mi tarea y propuso este libro, que fue aceptado. Entre quienes forman parte de este grupo, además de padres y madres de alumnos, está otro profesor de literatura, J., quien junto a C. es su máximo animador. Aquella tarde —si mal no recuerdo— fue uno de quienes más habló. La razón es evidente: la poesía sigue siendo una lectura minoritaria, escasa y difícil, por lo que tiene de desconocida. Supe en ese momento que había elaborado unas pequeñas notas de lectura y me prometió que me las enviaría.
Por alguna razón ese momento ha llegado esta mañana. Como nada es casual, me he lanzado a su lectura con la certeza de que en esas notas (en realidad levísimas indicaciones para posteriormente poder hablar con propiedad sobre cada poema) habría mucha ayuda para mí. Siempre me ha sucedido con los docentes. Son ellos —y lo repito en cuanto puedo— los mejores críticos porque en su modo de juzgar los textos pesa, sobre todo, el afán de equilibrio, porque buscan la mejora y, por tanto, resaltan no sólo los errores, sino también los aciertos; esto quiere decir que cuando indican algún error, torpeza o carencia, no lo hacen como alzando un dedo acusador, sino para enderezar o, al menos, para que se pueda reflexionar sobre el asunto.
Desde esta perspectiva he leído los casi cuatro folios de comentarios. La primera lección que he sacado, ha sido la confirmación de que el modo en que más enriquece la lectura de un poemario es hacerlo con un lapicero y papel al lado, para que el poema ahonde un poco más en el corazón del lector. La primera y rápida lectura de estas notas de J. me ha descubierto que Versos como carne es un libro que ya está un poco alejado de mí. Algunos títulos de los poemas no eran suficientes para que aflorasen en mi recuerdo, aún levemente, los versos que los componen. Así que —con más calma— he cotejado sus opiniones con un ejemplar del libro a mi vera. [Por cierto para este menester he usado uno mal encuadernado que se lee en orden inverso al habitual. Un ejemplar que guardo con codicia de coleccionista]. Y me han emocionado sus palabras, porque, más allá de su contenido, he descubierto una lectura atenta, cuidadosa y llena de cariño. He recordado de inmediato los sábados de Pavesas y cenizas cuando publicaba el poema y los lectores, convertidos en comentaristas, aportaban su visión sobre los versos. Esta suerte es la máxima dicha para quien escribe.
He constatado, también, que allí donde él observaba posibles deslices en mis versos, los he descubierto yo mismo; porque algunos de esos poemas, mejor dicho, el modo en que los afronté, ya se encuentran un poco lejos de mí. O bien son poemas que hubieran necesitado de una mayor decantación, de un proceso de reescritura más sereno y hondo. Supongo que todo esto es parte de la evolución —o involución— de quien escribe.
Releer el libro a la luz de las opiniones de otro me ha servido, también, para recordar con precisión el momento en que cada poema había sido escrito. Es curioso, pero recordaba mejor el motivo y el momento en que los iba escribiendo que los propios versos. En el libro (por tanto en el blog) hay poemas más antiguos que el blog. Poemas que vienen de más atrás. Alguno incluso de más de veinte años. En general estos son los que más dudas suscitan en la opinión de J. Tales dudas son una alegría para mí, porque quizá quiera decir que el camino emprendido no lleva mala dirección.
Afortunadamente tengo claro quién soy, dónde estoy, y por tanto sé a qué puedo aspirar. Y mi gran suerte es que aspiro a lo que encuentro: lectores que, además, se encarnan en seres las más de las veces fantásticos…
*
Para redondear la jornada, mientras cazcaleaba por algún blog, he descubierto que antesdeayer día once, si no me equivoco, Ana Pérez Cañamares, de quien conocí su poesía gracias a Paloma Corrales y su Conv3rsando (programa por el que he descubierto a tantos poetas y que tanto añoro), ha recibido el premio de poesía Blas de Otero de esta edición.
Eso, para qué engañarnos, es como una confirmación más de que la senda escogida no es errónea. Al mismo tiempo es otra señal que llega —por si no había pocas— de que el mundo cambia y que lo que sucede en Internet también se ha de tener en cuenta en otros ámbitos que hasta ahora parecían vedados a quienes se mueven por la Red con la misma naturalidad que quienes pasean por las calles de su ciudad. En estos momentos en que los premios de poesía están marcados por una sospecha genérica de amiguismo y clientelismo —algo así como el doping en el ciclismo— un galardón de este tipo es como un soplo de aire fresco.
Leer a Ana Pérez Cañamares es otra de las suertes que uno ha tenido durante estos meses, y esto se lo debo a Internet. Sin él, y sin haber encontrado a una mujer tan entregada a la difusión de la poesía como Paloma Corrales, Ana Pérez Cañamares sería un simple nombre que, probablemente, y para mi desgracia, no me diría nada. Hoy, sin embargo, me remite a una poeta que no huye ni del compromiso, ni de la emoción, como cuando escribe en el libro colectivo IndignHADAS que acaba de editar Urania ediciones:
Cuando acusaste de bruja a la anciana
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando quemaste aquel bosque
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando la mujer abortó por tus patadas
hubiera bastado para hacer la revolución.
(…)
Ahora el estupor nos impide calcular
cuál sería tu merecido y nuestro resarcimiento.
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Estas pequeñas cosas —ajenas al mundanal ruido, al vocerío de la actualidad— le redimen a uno de la vergüenza que siente cuando contempla la mayoría de cosas que nos cuentan en los informativos…

Miércoles, 12 de diciembre de 2012


Después de las declaraciones del Ministro que quiere convertir la administración de Justicia en asunto de ricos —siguiendo la estela de sus colegas que pretenden lo mismo para la sanidad, la educación y la cultura de calidad, quienes, a su vez, imitan los éxitos de sus compañeros de gabinete encargados de coordinar los temas laborales y de asistencia social—, no me queda más remedio que alterar mi opinión sobre los actos de este Gobierno.
Al fin he descubierto que lo están haciendo fenomenal. No tengo nada que oponer a sus actos, si gobernar es repartir dolor, tal y como ha sostenido hoy en público este político.
Imagino que, ante este hallazgo, continuarán explorando esta vía. Pasarán a la historia como el ejecutivo que mejor ha gobernado, es decir, mejor ha repartido dolor de modo muy poco equitativo, por cierto, aunque sí mayoritario.

Martes, 11 de diciembre de 2012


Contemplar la ilusión infantil en un hombre de casi setenta años, porque sus manos ya sostienen el fruto de un sueño —para muchos será un capricho— hecho, al fin, realidad, es algo muy especial. Haber colaborado con mis torpes rudimentos en que el libro haya terminado en buen puerto con dignidad y sin alharacas, además de un reto, me enorgullece como individuo.
A veces no es tan difícil conseguir que un anhelo se concrete.
He aprendido algunas cosas, pero la más importante de todas es que la ilusión no tiene edad, y con ella y con perseverancia, hasta los sueños acaban por abandonar su inmaterialidad.
A pesar de la niebla que toda la jornada nos ha aislado de la luz del sol y su tibieza —lo que ha provocado que casi todos los telediarios dieran cuenta del frío que hemos pasado—, un calorcillo especial me recorría esta tarde en la imprenta, a donde le he acompañado, cuando contemplaba el brillo de sus ojos que competían con el colorido de las bombillas navideñas recién inauguradas en la ciudad.
Quizá por ello, porque he experimentado lo sencillo que es ayudar a que crezca la dicha alrededor, es más doloroso llegar a casa y escuchar las informaciones que hablan de colegios de niños sordociegos a punto de cerrar, porque algunas administraciones no pagan lo que adeudan o lo que habían prometido. Estos niños y sus cuidadores no se hacen grandes planteamientos acerca de su futuro, no aspiran a ocupar puestos de relevancia social, ni siquiera aspiran a enriquecerse —cosa que parece bastante común entre los humanos—, sólo aspiran a comunicarse, a no quedar aislados completamente.
Es muy fácil lograr que vuelvan a ilusionarse, unas decenas de miles de euros bastarían.
Sin embargo, escucho unos minutos después, un puñado de entidades financieras, que han dilapidado —por no hablar en términos contemplados por el Código Penal— el dinero de los clientes a causa de la desmesurada codicia de sus gestores y directivos, se repartirán unos cuarenta mil millones de euros, que no servirán para ilusionar a nadie…
Algo no funciona en este mundo —de forma muy acusada en el sector occidental y capitalista de su esfera que dicen azul—, probablemente lo relacionado con el sentido de la humanidad.
Llevo días excavando y escarbando en mi interior para encontrar una historia navideña con la que —como en los últimos diecisiete años— felicitar estas fiestas. No me sirven, y lo saben bien quienes me conocen, aquellas que tengan como excusa que sucedan en fechas navideñas. Tal y como lo entiendo, sería una trampa. Tiene que haber algo más. Y ese algo más se relaciona con el sentido esencial que otorgo a estos días. No es algo religioso en el sentido en que comúnmente empleamos la palabra. Es algo que tiene que ver con algo que abarca a cualquier ser humano más allá de sus creencias o increencias.
Uno, en su incurable visión ilusa de las cosas, cree firmemente que la Navidad ocurrió para iluminar a todos los humanos con independencia de creencias, culturas, edades, incluso época de la historia. Acaso hay dos palabras que encierran en sí mismas esta semilla: encarnación y esperanza. Por ello, alguna de sus hermanas pequeñas, como ilusión, se ajustan como un guante a estas jornadas que se avecinan. Por eso duele más que se acabe con las ilusiones, con el único argumento de que el capitalismo (cruel y avariento) ha decidido que solamente la rentabilidad económica, la competitividad de los mercados, decrecer a toda máquina la deuda financiera de las administraciones, el pago de los intereses, recortar el diferencial con el bono alemán, y demás patrañas que nos acercan a la selva, más que al desarrollo, y nos alejan para siempre de la especie humana.
A veces creo que deberíamos hacer la tontería de inundar los bancos, las sedes de los ministerios y otras instituciones políticas y financieras con cientos de miles de ejemplares del famoso cuento de Dickens, lo mismo todavía habría posibilidad para el milagro…
Lo más triste de todo, lo que me produce una rabia que a duras penas contengo, es que muchos de esos dirigentes, acudirán a alguna de las múltiples celebraciones religiosas que cada uno de los cultos que profesan tiene previstas. Es más, quizá más de uno —o una— sienta algún tipo de emoción al contemplar el misterio de la Navidad en su templo católico, luterano, calvinista o anglicano. Pero ninguno de ellos habrá comprendido aún que ese niño abandonó hace mucho sus templos… si es que alguna vez entró en ellos. 
Esperemos, al menos, que no pase a la intemperie una noche como ésta, en la que nos acecha otra cencellada importante.

Lunes, 10 de diciembre de 2012


En menos de cinco minutos la niebla se ha abalanzado impetuosa sobre la ciudad. Quizá en el mismo tiempo desaparezca. Quizá esté asustada. Quizá simplemente haya decidido cazcalear un rato por las callejuelas que hace tiempo que no visita.
La niebla —junto con el viento— son los dos fenómenos meteorológicos que más me desagradan. Me perturban. De algún modo me conducen hacia la confusión.
*
Se despierta el labio y la lengua. La anestesia deja de hacer efecto. Según me ha prevenido el dentista es fácil que empiece a tener molestias. Y si así sucede, es lógico, ha concluido. Esperemos que se equivoque, aunque teniendo en cuenta el trajín que se ha traído con la muela durante una hora, lo raro sería que no acertara.
Mejor entonces, desear que su idea de molestias coincida con la mía y para él no sean lo que para mí es dolor
Tener niebla fuera y molestias dentro, es demasiada confusión, y más en estos días, en que uno anda con la niebla por dentro y las molestias por fuera.

Domingo, 9 de diciembre de 2012


Ayer procuré cortar completamente el ritmo. Y creo que hoy domingo continuaré con el mismo método: lectura, paseo, charla…
Obsesionarse no es el mejor modo de lograr nada. Quizá sea la manera de cumplir un expediente, cuando algún tipo de problema parece que lo impide, pero, al final saldrá algo insustancial, puro trámite, puro cumpli(miento), pura rutina…
Buena parte de mi vida se explica desde la rutina, el trámite y la burocracia. Al fin y al cabo uno se gana el sueldo en estos menesteres. Es más, tengo clara conciencia de que sin la denostada rutina, el aburrido trámite y la lenta burocracia, las cosas no funcionarían. A pesar de sus errores, a pesar de que todo es manifiestamente mejorable, sin la aplicación sistemática y general de unos procedimientos, la mayoría de las cosas se estancarían o se solucionarían peor. Y aún así, procuro, hasta donde me es posible, imaginar personas detrás de los papeles que aterrizan, caen o se posan sobre mi mesa.
Pero esta tarea de escribir (la que de verdad me da la vida), no puede ser un trámite administrativo, por mucho que desconfíe de las improvisaciones y de la labor intermitente.
Creo en el trabajo y la disciplina como mejor método para que la llamada inspiración acabe por latir en las esquinas de algunos de los renglones o versos que se me ocurren; pero hay que saber reconocer que sólo el trabajo y la disciplina no consiguen que la emoción revolotee o caliente como un brasero los textos que uno escribe.
Si fuera así, si únicamente trabajo, disciplina y técnica lograran tal milagro, cualquiera podría dedicarse a esta labor. Y no pretendo decir que cualquiera no lo pueda hacer —en el fondo creo que la mayoría lo haría mejor que yo—, sino que cualquiera que lo pretenda hacer, si no consigue que estalle ese chispazo en algún momento de la tarea o del proceso, no logrará que la magia inunde sus palabras.
Y ante la posibilidad de escribir algo sin alma, como un mecano desarticulado, prefiero el silencio, prefiero seguir alimentándome de otros. Prefiero aprender.
Hay suficientes historias emocionantes, suficientes poemas hermosos, en fin, suficientes textos arrebatadores por cualquier motivo, como para añadir confusión con mi ruido.
Dada la batahola que nos contamina a diario y sin descanso, sin duda el silencio es la mejor elección.