Cómplices

Martes. 24 de enero de 2012


Aún no ha amanecido. Ni siquiera ha comenzado el clareo del día. Sigue sin apretarnos el típico frío de estas tierras, aunque la temperatura apenas se aúpa sobre el cero un par de escaloncillos.
Se me hace extraño escribir a estas horas. Maravillosamente extraño. Algunas veces no es bueno que disfrute de lo que realmente me gustaría, porque después tornarán los momentos habituales de esa monotonía, por otra parte necesaria.
Acabo de escuchar en las noticias que alguna entidad internacional con prédica en casi todos los países del mundo, ha pedido a Europa que rebaje las cotas de protección social que nos definen y nos distinguen.
Está visto que la palabra protección (en cualquier contexto) produce urticaria en los cimientos del capitalismo salvaje que gobierna el planeta. Proteger es sinónimo de mantener parásitos, cuando no directamente carroñeros que se aprovechan de la productividad, la eficacia, la eficiencia y el sudor de quienes más trabajan… para que acrezcan las cuentas corrientes de quienes controlan realmente esos organismos internacionales. Me ha parecido oír, en concreto, que instaban a España a liberar más el mercado laboral.
Siempre suena la misma música, la única, además, que cuenta con altavoces por cualquier rincón del Planeta. La monocorde salmodia de los asesinos.
Siguen dando pasos las voraces fieras que nos desean esclavizados, enyugados nuestros cuerpos por determinados conceptos que, en el fondo, son sólo la carcasa contemporánea de los eternos conceptos: quien más tiene más puede y más quiere, y quienes menos poseen, según su modo de pensar y ver la existencia, estamos a su servicio, las veintiocho o las treinta y seis horas del día. Los nuevos tiranos (aquellos que gobiernan la polis, aunque nadie sepa su nombre) siguen empujando nuestro destino. Y como los viejos dioses muertos, sólo toleran nuestra molesta existencia, en tanto en cuanto seamos sus braceros. Por tanto si somos menos sanos, menos cultos y pensamos menos por nuestra cuenta, mejor formaremos parte de su rebaño. Nos quieren productivos, nos quieren y nos estiman y nos utilizan en cuanto que somos brazos, piernas, lomos, organismos reproductores de nuevas generaciones para almacenar en sus ostentosos palacios más oro, más joyas, más diamantes, más poder…
Lo conseguirán o no, lo sufriremos o no, pero ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos, y los hijos de los hijos de sus hijos hasta el infinito, concluya éste cuando fuere, han de morir como nosotros, nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y los hijos de los hijos de nuestros hijos, hasta el infinito. ¿Dónde quedan hoy aquellos hombres y mujeres que abarcaron el poder absoluto y fueron dueños del mundo? ¿Dónde Alejandro Magno, dónde Julio César, dónde Augusto, dónde Carlo Magno, dónde Felipe II, dónde Luis XV, dónde, dónde viejos reinos, emperadores, papados…? Sus cenizas y las de sus caballos y sus criados y sus amantes y sus hijos y sus víctimas se confunden con el olvido y con el polvo de los caminos.
Quienes hoy detentan todo el poder, conseguirán nuestra ruina, o no, pero no por ello alcanzarán la eternidad que, en el fondo, es la única pretensión. ¿Qué sentido tiene la vida si se acaba? Ay, pero la vida se acaba.
Entonces la cuestión empieza a ser otra, la pregunta empieza a aparecer con nitidez ante mis ojos. ¿Dejaremos que sea nuestra existencia el primer escalón, el primer tramo que decida el horror de quienes nos prosigan?
Quizá este momento que vivimos pueda interpretarse de otro modo, quizá estemos asistiendo a los últimos boqueos de un sistema que en su aplicación extrema se está mostrando inviable. Quizá sea el momento de mirarnos bien adentro y descubrir en nosotros mismos aquello que resulte más humano. Porque, lo humano, tal y como lo hemos conocido, probablemente es lo que está en juego. Quizá sea hora ya de construir humanidad a nuestro alrededor, de hacer cada uno de nuestros instantes un reducto de lo humano. A lo mejor el único modo de parar el martillazo que nos llega de las cumbres envueltas en tinieblas del nuevo Olimpo, es edificando humanidad concreta y sencilla desde abajo, desde cada cobijo, desde cada transporte público, desde cada puesto trabajo…
Y justo ahora comienza el cielo a teñirse de un gris que quiere ser azul, si es que la niebla lo permite. Y justo ahora los edificios dejan de ser oscuras masas, apenas un perfil desdibujado, y clarean sus contornos…